domingo, 13 de diciembre de 2009

Atracción fatal




  No puedo dejar de mirarla, me atrae como un imán. Luchan en mi interior sentimientos encontrados. Cruzo la proa y la dejo por la amura de sotavento. El Arga mi fiel y callado compañero responde sin protestar. La razón me pide a gritos que le de popa y marque un nuevo rumbo a un resguardo seguro pero algo de ella me atrae con un magnetismo excitante. Reduzco trapo y navego solamente con el tormentín. La mar se torna de un azul intenso. Cada vez estoy más cerca, me retumban en las sienes los latidos del corazón. Sus movimientos ondulantes tienen algo sensual, río a carcajadas. Es una risa nerviosa, casi histérica, lagrimas nublan mis ojos. Lo que estoy haciendo es una locura, lo sé.
  Me siento el rey del mundo, ella y yo solos en la inmensidad del océano, el tiempo se detiene. El embriagador canto de las ninfas me envuelve. Corrijo unos grados a estribor y cazo la vela, la proa del Arga enfila al centro de su vórtice, pronto seremos uno, entraré en ella.

  Una paz inmensa inunda mi espíritu, cada vez me siento más libre. La espuma de las olas refresca mis mejillas, navego hacia un destino incierto tal vez sea el final. Percibo todo con más claridad, se agudizan mis sentidos, un sabor amargo inunda mí boca, siento un placer casi morboso.
  Estoy preparado…….

2 comentarios:

Adivín Serafín dijo...

La mar nunca te deja solo en sus confines. Es una compañera silenciosa y siempre serena. Con ella jamás volverás a estar en un mar de intranquilidad.

Anónimo dijo...

Oh, Capitán Arderius, la incertidumbre asola el horizonte hasta donde éste se difumina hasta ser impreciso, aunque cabalgues la palma de la mano del Mar, aunque parezca el reflejo pacifico y quieto del más radiante Cielo, aunque el azul sea magnético y seductor, no hallarás jamás la calma ni el sosiego mientras la quilla de tu barco abra la piel del mar y deje en estela blanca las cicatrices que recordarán tu rumbo.
Cicatrices de mar bajo el vuelo submarino de las sirenas, aquellas que enlazan sus voces para entonar un cántico hipnótico y sugestivo que llena tus sentidos de peso, de gravitación, de plomo, que hará rectilínea la profunda caída en el océano de tu cuerpo, como si fuera un lastre del alma que descargara el contrapeso que le une a la Tierra, al mundo de los mortales, para quedar sólo como substancia, libre y única, como el principio verdadero y real de una conciencia que nos ha llevado más allá del origen de su materia, de su génesis recóndita, al mar de la tranquilidad donde todo se inició y adonde todo vuelve… así se cierra el círculo, a través de un mar que nos hace sentir pequeños ante su inmensidad.
Oh, Capitán Arderius, siga usted navegando hacia donde el horizonte se curva, hasta allá donde se intuye que nuestro mundo es esférico, como los sueños que se acumulan concéntricos en las noches, como las ondas que propagan en el aire el canto de las sirenas imantando el viento, como la Luna que nos mira y que ordena las mareas. Siga navegando, no afloje el timón ni varíe el rumbo, navegue sin temor sobre la bravía de las aguas, aquellas que rompen el mar en las playas donde gimen las sirenas varadas.
El Pecador no olvidará jamás sus hazañas.